Rosa tiene una vivienda que le dieron después de pasar años disparándole al río en los inviernos. Le dicen La Gorda y se le aplica, pero yo, aparte de no gustarme llamar a la gente por nombretes, la aprecio demasiado como para hacerlo. A ella no le importa. Con Rosa nos conocemos desde la escuela, todavía queda mucho en ella de aquellos cachetes colorados y rulos pardos cuyas alegres carcajadas poblaban el salón y los recreos. Es empleada municipal, barrendera para más datos, trabajo que consiguió con una abogada por la cual hizo campaña política y de a poco ha ido arreglando la casita, hasta dejarla de modo que entrar a ella, es como meterse entre sábanas limpias. Estuvo casada con un tal Fagúndez, muy borracho, y con el que se las vio negras. Decidió abandonarlo cuando se dio cuenta que no era mujer para los puños de nadie y desde entonces no necesita ni quiere más trato con machos , como dice ella, como no sea para algún desahogo que toda verdadera mujer debe tener de vez en cu...
Comentarios
Publicar un comentario