CUENTO: LA ROSA


Rosa tiene una vivienda que le dieron después de pasar años disparándole al río en los inviernos. Le dicen La Gorda y se le aplica, pero yo, aparte de no gustarme llamar a la gente por nombretes, la aprecio demasiado como para hacerlo. A ella no le importa. Con Rosa nos conocemos desde la escuela, todavía queda mucho en ella de aquellos cachetes colorados y rulos pardos cuyas alegres carcajadas poblaban el salón y los recreos. Es empleada municipal, barrendera para más datos, trabajo que consiguió con una abogada por la cual hizo campaña política y de a poco ha ido arreglando la casita, hasta dejarla de modo que entrar a ella, es como meterse entre sábanas limpias.
Estuvo casada con un tal Fagúndez, muy borracho, y con el que se las vio negras. Decidió abandonarlo cuando se dio cuenta que no era mujer para los puños de nadie y desde entonces no necesita ni quiere más trato con machos, como dice ella, como no sea para algún desahogo que toda verdadera mujer debe tener de vez en cuando, como dice también.
Para eso estaba Enrique, un camionero, que cuando pasaba por la ciudad hacia Brasil a veces la visitaba. Pero estaba casado y cuando su mujer quedó “de encargue”, Rosa no quiso más problemas.
Esa había sido su firme resolución, por lo menos, hasta que sucedió lo que me contó.


Últimamente había visto pasar a Martín varias veces por su puerta. Era el hijo tardío de los viejos Martínez, que vivían en el barrio del cementerio, es decir, unas cuadras más allá de su casa. Todo el mundo decía que estaba un poco tocado.
Lo que primero que le llamó la atención a Rosa fue que la  empezó a saludar entre dientes, cosa que nunca. Esto le hizo gracia y si bien no estaba en su naturaleza burlarse, algunas veces, en las tardecitas calurosas, cuando se sentaba afuera con el mate, haciéndose la que no se daba cuenta, lo miraba venir por su calle. Así fue que cayó en la cuenta de que él no tenía por qué pasar por allí y llegó a la conclusión de que seguramente debía de andar enamorado de algunas de las chiquilinas que vivían en las viviendas vecinas.
Sintió lástima porque estaba segura que ninguna iba a darle la mínima bolilla.
 Y no es que fuese feo o maltrecho, no señor,  pero su “madre lo había tenido ya vieja, y había tenido que concurrir a escuela especial”. Nunca aprendió a conocer el valor del dinero, cosa que más de uno aprovechaba.
Por lo demás, siempre andaba impecablemente limpio pero con ropa demasiado grande o estrecha para él, y tenía una actitud huidiza.


  A veces se paraba para saludarla hecho un manojo de nervios y le dirigía  dos o tres palabras, pero cuando ella trataba de averiguar qué asunto lo traía por el barrio, él enrojecía hasta los dientes que los tenía “muy bonitos por cierto”, y se quedaba con los ojos clavados.
  Rosa  no sabía  concretamente, si en  su generosa pechuga, o en algún pensamiento loco. Más de una vez tuvo ganas de darle un sopapo  o directamente preguntarle si nunca  había visto una mujer en cueros.
 Pero terminaba por reírse para sus adentros por que era así: alegre, e incapaz de maldad.
Una noche muy calurosa, tarde ya, después de conversar un rato con los vecinos de al lado, un matrimonio joven con varios niños, entró la silla, y amodorrada por el calor se tendió con apenas un fino camisón, luego de apartar a la gata Saya que estaba  desparramada, ocupando  el centro de la cama. Esta se estiró como un elástico, se acomodó  a lo largo del cuerpo de su dueña, y ambas se durmieron profundamente.


Debía de ser plena madrugada  cuando despertó convencida de que la llamaban y con el sobresalto de no haber puesto llave a la puerta.  Escuchó el motorcito de Saya y en el mismo instante, en la penumbra que creaba el foco de la calle, distinguió una  silueta inclinada sobre ella. Por instinto, lanzó el carnoso brazo en barrida, tronchando al intruso, que cayó con un grito. En el loco afán de huir  y sin poder gritar a causa del susto, Rosa  tropezó con un bulto en el piso yendo a dar con la cabeza en la llave de luz, que se encendió.
En el suelo, bastante desinflado, estaba Martín que la miraba  con los ojos fuera del cráneo.
-¡Ahora vas a ver loco de mierda! ¡Molestando mujeres! ¡Voy a llamar a la comisaría! ¡Vas a aprender!- le gritó, mientras salía decidida.
La detuvo el alarido. Tirado a sus pies le impedía caminar a la  vez hubiera querido explicarle  que no era su intención asustarla. Solo quería verla, contemplar su cuerpo lleno de redondeces que lo enloquecía, decirle que la quería desde que había venido a vivir allí  con aquel bestia...
-¡Largame porque grito y viene todo el barrio!
Desmoralizado Martín, la dejó libre. Pero no intentó huir, no se defendió. Se arrolló en el piso, con la cabeza entre los brazos y Rosa lo oyó gemir como un cuzquito.


No tuvo alma para seguir adelante con la amenaza. Pasada la sorpresa, lo pensó un poco, se le acercó y le dijo:
 -Por esta vez no voy a llamar a nadie. Te voy a dejar ir pero si tan siquiera volvés a pasar por mi puerta, hago la denuncia.
Martín se incorporó con el alma negra. Haberse atrevido a tanto e irse sin poder decirle lo que sentía por ella era peor que la muerte. Ella ya no volvería a mostrarle su sonrisa, no lo saludaría, ni conversaría con él, ni siquiera lo miraría, y  apartaría la cara con asco como tantas, como todas. Martín pensó en algo que ya había pensado muchas veces: se iría si, pero no para su casa. Se iría al río, subiría al puente y desde allí... 
Morir manoteando en el agua no podría ser peor que tener que irse sin que ella supiera cuánto la quería. Juntó restos de corazón  para decir  con voz apenas:
 -Me voy a ir y no se preocupe, no me va a ver más. Yo no quería lastimarla...
Rosa lo miró mientras hablaba. Le temblaban la boca y los ojos llenos de agua.
Rosa tuvo muchos pensamientos.  Pensó en su soledad. En la de él. Pensó que en este mundo, sólo se debía fidelidad a si misma. Pensó. Y luego no lo pensó más. Fue hasta la puerta y le puso llave.
La gata Saya se encaracoló encima del pequeño televisor mientras Rosa tomaba a Martín de la mano y ambos se sentaron  al borde la  cama.
-Vamos a ver como están esas costillas. Te dolió ¿verdad?
Sin pedirle permiso, le levantó la camiseta. No se encontró con  ninguna bolsa de huesos, no señor, sino una delicada estructura con cada cosa en su sitio y una piel  suave que daba gusto.  Mientras  le quitaba la prenda por completo, el examinado no se atrevía a levantar la cabeza.
Rosa masajeó suavemente  el moretón rojizo que lo había  dejado sin aliento Después, como si asumiera que en la vida, alguna vez alguien tiene que dar el paso decisivo,  suavemente, bajó uno y luego el otro bretel del camisón.  Ante la mirada pasmada de Martín,  quedaron aquellos globos de piel rosada descansando uno al lado del otro, en  toda su pesada redondez.
No eran unas airosas tetas de señorita, no señor, sino que  apuntaban  un poco hacia abajo, pero eran como si de ellos fuera a salir, ya mismo, la leche, la  miel. Exhalaban un perfume  que erizó  el espinazo de Martín. Sin embargo, tanto temblaba que no podía dar el  paso; y las lágrimas hacían  camino por su cara.
Rosa  comprendió, y procedió con dulzura: le tomó ambas manos y  con suavidad, para no asustarlo, las colocó sobre las frutas prontas.
Martín, entre gemidos,  hundió la cara.


La brisa fina de la madrugada la despertó.  Martín enredado a ella, no la dejaba mover. Tenía la boca entreabierta y los ojos bien cerrados. Rosa se movió suavemente para poderlo mirar. Quizá no fuera muy aventajado  en aquello de la inteligencia,  pero carecía de maldad y tenía una fuerza regocijante en las caderas.
Rosa se permitió soñar que después de todo, quizás la vida le hubiese hecho un regalo inesperado.
Cuando presintió que iba a despertarse, cerró los ojos. Martín la miró, dio un suspiro profundo, se acurrucó contra ella, y se durmieron los dos.    

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