CUENTO: ESPEJOS

ESPEJOS 

 Al salir de la ducha la mujer se detiene frente al espejo del baño para ejercitarse en su actividad preferida: contemplar su propio rostro. Siempre ha sido hermosa y siempre lo ha sabido. Su belleza, es más que cualquier otra cosa, un arma con la que se enfrenta al mundo cada día. Urgida por la hora, va hacia el dormitorio donde, sobre la lujosa cama, está la muda de ropa que cada día, antes de ir a su trabajo, elige y combina con meticulosidad. 
 A pesar de disponer de poco tiempo para vestirse y maquillarse (ella es puntual hasta la manía), al quitarse la bata de baño, emplea algunos minutos en complacerse con la imagen de cuerpo entero que le devuelve el espejo que ocupa el ángulo mejor iluminado del cuarto. 
 Dos cosas hay de las cuales está abiertamente orgullosa: por un lado su belleza de líneas clásicas desde el cráneo hasta los pequeños pies, y por otro lado su capacidad de definir, catalogar y rotular a sus semejantes, con juicios certeros a su entender, y muchas veces crueles. Una mirada, un gesto, una sonrisa bastan para que ella capte la índole de su interlocutor y cuando encuentra el punto débil, por así decirlo, hace la incisión y retuerce el bisturí. La debilidad de uno se nota en la forma de llevar los hombros, la falsedad de la otra en su sonrisa, las pretensiones del de más allá en su forma de mirar. 
 Esta forma de ser le ha acarreado no pocas enemistades y soledad, y sin embargo ella siente que es un precio a pagar por ser diferente y mejor. Esta tarde deja por unos minutos en manos de sus empleadas la exclusiva boutique de la que es dueña y se dirige al shopping que bulle por sus cuatro plantas a pocas cuadras de allí, consciente, como siempre, de la admiración que despierta entre los hombres de cualquier edad, que pasan a su lado. 
 Al entrar se dirige al segundo piso destinado a mueblería, pues le interesa ver unos sillones con los que piensa renovar su estar. Sobre toda la extensión de una de las paredes del local, un espejo gigante reproduce un bosque de muebles de todo tipo. Mientras recorre se le acerca un joven empleado, en quien ella cree advertir al instante, la mirada de admiración. Sonriendo para sí y segura una vez más de su atractivo, le expresa su deseo de mirar para luego decidir. El joven asiente solícito y se aleja momentáneamente hacia otro cliente. 
 Transcurren unos veinte minutos durante los cuales la mujer se abstrae completamente entre los angostos pasillos abiertos entre los muebles, hasta que algo llama su atención y al alzar rápidamente la vista, observa viniendo desde el fondo, una silueta femenina que avanza en su dirección. Instintivamente se pone en guardia. En ese momento se entusiasma con un espectacular juego en cuero negro pero no por eso deja de advertir un poco de reojo, que la otra cliente, ya más cercana, no es ni de lejos tan elegante como ella creía. Lleva los hombros caídos, las piernas son horribles y la rodea un halo de vejez a pesar de la ropa excelente.
La mujer, íntimamente aliviada, vuelve a concentrarse en lo suyo, esta vez un juego en exquisito color beige, sin dejar de notar que la otra ha llegado casi frente a ella. En ese mismo instante, irguiéndose endereza los hombros, alza el rostro para ser envidiada y se dispone a pasar ante la otra con soberbio andar. En ese instante el empleado que viene en su dirección lanza una exclamación. Ella la oye pero no puede evitar golpear su propia imagen con la cabeza y caer tendida sobre el parqué de la mueblería.

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