CUENTO: LOS GUARDIANES
¡Ay! Cuando lo trajeron de nuevo,
pobrecito, era como un muñeco de trapo. Era y a la vez no, mi Daniel, a quien
yo quería con todas las fuerzas de mi
corazón y mis garras. Su cara había perdido el color, y su cuerpo antes tan
sano y tan inquieto, se quedaba ahora en la posición que lo pusieran.
Para ese momento, a Rafa y a mí ya nos
había sido encomendada la misión de cuidar de él durante los mil cien días que
tenia para estar así.
Sabido es que, desde que hace
milenios, se nos confía a nosotros los gatos, tareas tan o más importantes que ésta.
Pero yo, en todas mis misiones anteriores nunca había tenido que compartir
responsabilidades con alguien como Rafael, esa especie de fantasma, que se
sienta a su cabecera o lo sobrevuela o si quiere, lo traspasa.
Nunca se me ocurrió investigar un
poco, mirar debajo de la sábana que lleva puesta. ¿A quien le importa el sexo
de los ángeles? A los gatos no, a mí no. A mí solo me importa, aparte de mi
misión, mi gatita y sus aullidos de bebé con hambre sobre los techos del
vecindario.
Daniel salió una tarde en busca de Ana
María sobre aquel monstruo que bramaba entre sus piernas y entonces pasó un
tiempo muy largo, y se fue y volvió dos veces la época de los gatos amarnos a
gritos y el no aparecía por casa.
Algo había pasado y ahora nadie
rascaba suavemente entre mis orejas. Nadie tenía el cuidado de abrir la puerta
para que no me helara por las noches y Abuela olvidaba muchas veces poner la
carne en mi plato.
La cara de Abuela estaba cada día más
y más arrugada. Algunas veces lloraba a escondidas de la Madre que no toleraba
flaquezas y cuando yo iba a restregarme en sus piernas, ella parecía despertar
a la realidad de que yo estaba vivo y la necesitaba y entonces se sonaba en su
delantal y me contaba por enésima vez cómo había sido el accidente.
Decían que estaba chocha. Yo sabía que
no.
A causa de su estado nos visitaba con
frecuencia aquella bruja que despertaba a todo el mundo con sus voces de
cotorra y que estrangulaba el brazo de Abuela con una venda que inflaba con una
pelotita. Yo sentía el lomo erizado por aquel chuf-chuf y unos deseos locos de
afilar mis garras en sus piernas resecas pero me contenía para no empeorar todo.
Ella le decía a Abuela que tenía bajo algo que debía de estar arriba o al
revés, y tras mirarme con sus ojos de poroto y rezongar un “¡fuera bicho
inmundo!”, se marchaba.
A veces, agazapado debajo de la cama, asomaba
mis uñas. Cuando al fin ella desaparecía y mis pelos se aplacaban, me sentía
dueño de mí mismo otra vez y pensaba que debía ignorar a la enemiga y atender
mi misión.
Nuestra misión, debo decir, porque
tengo que reconocer que Rafa era un tipo por demás eficiente y amable. A veces,
durante nuestras apacibles recorridas nocturnas nos preguntábamos (porque no
nos había sido revelado) de qué estaríamos protegiendo a aquel que, arrollado
como un gatito que aún no ha nacido, permanecía sin conciencia de nada en el
piso de arriba.
Durante los primeros tiempos, cuando
recién lo instalaron metido entre tubos y frascos, muchas piernas entraban y
salían de su habitación, pero a medida que su sueño se hizo más largo, solo dos
o tres pares venían. Las de Ana María, envueltas en una piel brillante y
transparente, crepitaban al contacto con mi lomo. Ella venía y sé sentaba en la
cama al lado de Dani y miraba mucho rato en silencio su cara sin expresión; a
veces le hablaba algunas palabras, y al no obtener respuestas le corrían por la
cara gotas saladas que yo lamía en sus manos.
Rafael también la compadecía y le
rodeaba los hombros con sus alas, pero ella no lo veía.
A veces coincidía con Eduardo, el
mejor amigo de Dani, que nunca la pudo besar aunque lo intentó más de una vez.
Una noche en que él llegó solo, después de saludar a la Madre abajo, subió como
tantas veces las escaleras, pero al entrar no se sentó como acostumbraba, sino
que se quedó mirando fijamente a Dani; para seguidamente, tomar desde un sillón
una almohada, y apretarla sobre su cara, con furia.
Salté clavándole las garras en la
cara, con un maullido que se oyó en toda la casa. Aterrado por el ataque, retrocedió
para huir del cuarto y no se hubiera librado tan fácilmente de mí si no me
hubiese percatado de que Rafael, cuyas alas batían enloquecidas, no podía,
liberar a Dani de la almohada.
Dejé de acosarlo para ayudar a mi compañero
pero de pronto ambos desaparecieron del cuarto. Empleando garras y dientes
logré descubrir la cara morada de Dani, pero no podía hacer otra cosa que
tocarlo con mi pata, lamer su frente y
esperar que recobrara el aliento.
Cuando advertí que abajo sonaban
alaridos, carreras y gente que subía a saltos la escalera, me zambullí bajo la
cama
Rafael apareció de pronto junto a mí.
Al mirarlo, vi brillar en sus pupilas
algo que me causó espanto, pero él sonrió y me acarició con su mano
transparente...
Hoy se cumplen mil noventa y nueve
días...
En este mundo, solo Rafael y yo
sabemos que mañana por la mañana, cuando la Madre vaya a verlo, Daniel la estará esperando.
Habrá despertado y tendrá una mirada extrañada, y poco a poco volverá a la
vida. Seguro que se irá asombrando de todo.
De ver a su madre tan cambiada, tan
frágil; preguntará por Abuela que nos dejó hace ya dos grandes fríos; querrá
saber de Ana María que hace mucho que no viene a verlo, casi desde que nació su
primer niño.
Muchas cosas tiene para preguntar,
aceptar, si puede.
Inevitablemente, tarde o temprano,
preguntará por su amigo Eduardo. Alguien se quedará un instante dudando y
quizás trate de cambiar de tema, pero al final tendrá que contarle que una
noche, hace como tres años, tuvo una caída de la escalera y se rompió la
espalda. Quizás también le diga, los espantosos gritos que daba mirando hacia
lo alto.
Pero lo que nadie le dirá, porque
nadie cree en esas cosas, es lo mucho que tuvo que ver en su caída, aquella
presencia misteriosa que flotaba cerrándole el paso justo cuando él bajaba a todo correr las escaleras…
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