CUENTO: LOS GUARDIANES
¡Ay! Cuando lo trajeron de nuevo, pobrecito, era como un muñeco de trapo. Era y a la vez no, mi Daniel, a quien yo quería con todas las fuerzas de mi corazón y mis garras. Su cara había perdido el color, y su cuerpo antes tan sano y tan inquieto, se quedaba ahora en la posición que lo pusieran. Para ese momento, a Rafa y a mí ya nos había sido encomendada la misión de cuidar de él durante los mil cien días que tenia para estar así. Sabido es que, desde que hace milenios, se nos confía a nosotros los gatos, tareas tan o más importantes que ésta. Pero yo, en todas mis misiones anteriores nunca había tenido que compartir responsabilidades con alguien como Rafael, esa especie de fantasma, que se sienta a su cabecera o lo sobrevuela o si quiere, lo traspasa. Nunca se me ocurrió investigar un poco, mirar debajo de la sábana que lleva puesta. ¿A quien le importa el sexo de los ángeles? A los gatos no, a mí no. A mí solo me importa, aparte de mi misión, mi gatita y sus aullid...